Autopista Frankfurt-Darmstadt, dirección sur, 28 de enero de 1938.
Un Auto Union y un Mercedes se retan a batir récords de velocidad para determinar cuál de la casa de los cuatro aros y la marca preferida del Führer, Adolf Hitler, es la más rápida del mundo. Los conducen los dos mejores pilotos alemanes: Bernd Rosemeyer y Otto Wilhelm Rudolf Caracciola, apodado Der Regenmeister «el Mago de la Lluvia".
Hay viento, no constante, pero fuerte. Lo suficientemente fuerte como para atravesar la prueba de dos conductores que conducen sus coches a más de 430 km/h.
Por la mañana, Rosemeyer establece un récord muy bueno, pero Caracciola, poco después, consigue mejorar el récord anterior y alcanza una velocidad de 423 km/h. Bernd no se lo piensa y, aunque todo el mundo le desaconseja volver a intentarlo, se sube a la cabina de su Auto Union. Incluso Caracciola intenta impedirle que haga otro intento.
Pero Rosemeyer no quiere dejarlo para el día siguiente. Sabe que los periódicos titularán al día siguiente que Mercedes lleva la delantera. El orgullo le impide escuchar los consejos de su colega más experimentado. Quiere recuperar el liderazgo inmediatamente.
Arranca, pisando a fondo el acelerador. Siente que el coche lucha por mantenerse en la carretera. No tardaremos mucho, piensa Rosemeyer mientras mira el cuentakilómetros, que marca 452 km/h. Ahí está el metro. Ahí es donde Caracciola le ha indicado que el viento da miedo. Sale de un salto. Una ráfaga de viento le hace moverse: consigue corregir y mantener el Auto Union.
¿Acaso está hecho? No, porque poco después el viento, golpeándole como una piedra lanzada desde un gigantesco tirachinas, le pilla de costado, haciéndole dar un volantazo sin posibilidad de hacer nada.
Los rescatadores tuvieron dificultades para encontrar partes del coche, y mucho menos a Bernd, que a pesar de todo alcanzó una velocidad media de 432 km/h. Se salvó el honor, pero del piloto que sólo 978 días antes había comenzado su carrera, sólo quedó el valor.

Nacido el 14 de octubre de 1909, Rosemeyer se había convertido en pocos meses en uno de los pilotos más importantes de los circuitos de carreras de todo el mundo, gracias al poder arrollador de la marca alemana, capaz de mantenerse por delante incluso de Mercedes, y a un talento innato que le había llevado a figurar entre los mejores amigos de Tazio Nuvolari.
Tanto es así que el mantuano volador, junto con su esposa Carolina, habían sido los padrinos del bautizo de Bernd Junior, el hijo del campeón alemán y de su esposa Elly, piloto de aviones y personalidad muy conocida en Alemania, sólo unos días antes, el 30 de diciembre. En 1936, Bernd Rosemeyer ganó todo lo que se podía ganar en Europa, e intentó al año siguiente frenar el crecimiento de Mercedes.
A su muerte, Nuvolari fue llamado para sustituirle al volante de la Auto Union. Aún hoy, 80 años después, la figura de Bernd Rosemeyer sigue siendo recordada por aquella espléndida aventura que duró poco más de dos años, pero que dejó una huella indeleble en la mente de los aficionados al automovilismo de posguerra.
Alessandro Zelioli





